miércoles, 8 de abril de 2026

Desmembradas las palabras que no he dicho, letra a letra quedando como testigo de los pasos que no he dado en caminos por donde no transité. Huellas que no he dejado en húmedas arenas donde nunca estuve, con la brisa en esa dulce piel canela que no acaricié.

Un tatuaje invisible en tierras aún no descubiertas, tierras vírgenes como este sentimiento que quema lo que no se enciende, que arde bajo el agua, a los pies de quien nunca encontré. Las noches más oscuras y días que me aplastan - etérea, inapreciable - sólo su presencia puede hacerme aparecer.

Un silencio mutilado en tiempos de una guerra que jamás comenzó. Trincheras vacías, solitarias como está éste, mi constreñido corazón. Latidos detenidos, suspiros suspendidos. Miradas ciegas y un arcoiris sin color. Besos fríos, bajo un cielo que despejó nuestro pudor.

Año a año vagones a este tren se van sumando. La velocidad ha aumentado tanto como la sed por su amor, ya casi imperceptible, inapreciable, sólo una fugaz presencia delata su existencia en las estaciones donde lo espero yo. Estaciones que marchitan todo a mi alrededor. Las hojas caen y cualquiera las pisa. Mi dignidad no lo hace mejor.

Un amigo que no está, un amante que no existe. Un mudo me aconseja y un manco me desviste. Alerta, expectante, en cada despertar lo busco, nada encuentro, cuando más necesito de su cálido aliento.

Un grito impoluto que apuñala la afonía del dolor. Transparente, su ventana y la mía, empañadas por la taciturna historia que ocultamos entre su realidad y esta mala poesía.