Si pudiera pedir un deseo, sin duda tendría su nombre, su mirada, su figura y todo aquello que lo hace ser él. Porque en cuanto aparece, en cualquiera de sus formas, logra iluminarlo todo; su dulzura es tan peculiar como sus besos, y su aroma es vernáculo como el sabor de su cuerpo.
Si tuviera que elegir lo que fuera, siempre lo elegiría a él, una y otra vez, hasta el fin de mis días, para que el paso por esta eterna y fugaz historia tenga algo digno de mí contar. Porque mi tiempo ha sido suyo desde ese primer momento en que el cielo jugó con nosotros, cubriéndonos de estrellas como después del sudor que aquella noche poco a poco nos unió. Es así, y hasta hoy, que me derrito ante su presencia, pierdo el tino, se exacerba mi desvarío y me vuelvo a enamorar. Su sonrisa es capaz de levantarme de la muerte y su perfume, de hacerme delirar.
Si pudiera atesorar momentos, lo haría como lo he hecho con las letras que acá para él escondo, juntándolas una a una para formar las palabras que nunca él podrá descifrar. Cada una de ellas, con la presión que guardo en mis dedos, mismos que recorren su cuerpo que delicado parece ante mí, mismos con los que punto a punto avanzo milímétricamente durante horas para dar la forma que sólo crece en mi imaginación y en los recuerdos que él sin pretenderlo me regaló.
Si tuviera un minuto a su lado, lo volvería eterno, tal como este sentimiento, lo guardaría con celo y protegería tanto como a su corazón de hierro. Acariciaría nuevamente su sombra y ante su tan sutil presencia, volvería a ofrecerme como víctima para que él nunca pueda dejar de existir ni abunde en ausencia.
Si pudiera decirle algo, quizás sólo le daría mi silencio, para que abrazado al suyo pudieran enredarse como nuestras lenguas en nuestros besos, para acompañarle desde lejos, para ser cómplices como hasta este momento y para que tenga la seguridad de que en mí tiene todo aquello que en sus olvidados sueños ha querido alguna vez encontrar, sin saber reconocerlo.