Es extraño volver a verte. Tu cara, tus ojos, todo tú mantenido en el tiempo, como si éste no existiera. Tus manos morenas y suaves sosteniendo un pequeño bolso de lo que quedó después de tres años de transición. Cuando yo ya no esperaba nada, cuando creí que volvías a pedir alguna cuenta, fue que volviste con esa mirada cansada que arrastras vida tras vida, como si no tuvieses otra opción. Tu aroma gastado y tus pasos a diez centímetros por sobre el piso, dejaron la misma estela que seguí hace ya casi dieciséis años o cincomilsetecientosveinte días si así lo prefieres, y las ganas de seguir detrás de ti vuelven a encarnarse como una espina que acaricia mi corazón. Reinicio. Una y otra vez, contando los días desde que nos vimos o desde que de otra vida o mundo, te reencontré.
Cuando desperté sentí que lo había olvidado todo, como cada una de las cosas que he ganado y también las que perdí. Como olvido las horas, las costumbres, los lugares y a esa gente que de pronto llegó y quien sabe si se quedaron o huyeron de mí. Olvido todo, pero no olvido ni a la luna, ni las estrellas, ni nada que me hable de ti. No olvido cuánto te pienso, inconsciente y conscientemente sigues aquí. No olvido tus silencios, ni tus besos. No olvido cuánto te quise, ni lo que aún te quiero, como si el amor no tuviese tiempo, razones, o un fin.