Desde acá se ven sus caminos. Cada uno más lejos que el otro. Uno recto y con metas claras, y el otro, sinuoso y difuso, sin norte, aunque quien lo transita sabe que sólo hay una dirección a seguir, así sin pensar, así sin parar. Como si fuera pura intuición. Así como siempre, así como antes y así como hasta llegar al final.
De acá se ve todo. A veces me da vértigo detenerme a mirar, más que cuando lo hago, yo también dejo de andar. Y mi camino es aún más complejo, no tiene destino, no aparece en los mapas y nadie lo ha querido antes transitar. Es un camino que se hace corto y de pronto largo, tiene tramos empinados y otros donde sólo se puede bajar.
No sé en qué parte yo estaba, pero un día me topé al caballero de metas claras, conversamos y me gustó su forma de caminar. Yo lo veo de acá (desde lejos) y me sigue gustando esa forma que tiene como de casi levitar. Los años lo han hecho más liviano, mientras mis pasos se pegan al suelo cada vez más.
Desde acá me detengo y sigo, luego sigo y me detengo, desde acá lo miro y cuando me duermo, lo vuelvo a soñar. Desde acá lo abrazo y sin que sepa, lo acompaño en su andar.