Un día, juntó todas las fotografías que guardaban su frágil imagen, y al sol las puso, para ver si así era posible que (aunque fuera un poco) se borraran, pero nada ocurrió; luego vino la lluvia, y ella, en el arcoiris que se dibuja a los pies de su sombra, secuestrada se quedó.
Sin poder moverse de su lado, quedó encerrada junto a él, escondidos de nadie, contemplando las estrellas a plena tarde, contándolas e inventando las constelaciones que nadie antes descubrió.
Y en secreto se quedaron, sin saber que la magia era simplemente haberse dejado estar y volver a esperar, como el amanecer espera por su despertar. Dicen que esto parece ser amor, enredado en besos con sabor a otros besos, con caricias repetidas que a otras le da, con la mirada en cuarentaycinco, mirándolo aunque hace siglos él la haya dejado de mirar.
Y rescató cada imagen recortada en papel, justo antes de que el sol las pudiera borrar. Y las juntó como junta sus labios, y bajo el pañito de la mesita de noche, las volvió a colocar.