Cierto. En mi mente, una y más veces repaso diálogos y actúo escenas que pudieran ser, que en la inmensidad de la vida contada en segundos, por azar o por querer, podrían pasar alguna vez, desafiando lo establecido, la realidad o la simple danza de las agujas de los análogos relojes que tictaquean como mis tacos un día cualquiera, de frío invierno o tibia primavera. Así transcurre mi tiempo, mientras hago como que hago cosas, mientras acaricio a uno o a otro perro, o mientras me miento haciendo que pienso. Juegan mis neuronas, que poco dóciles, se quiebran buscando habilidades, buscando... buscando, buscando y buscando, entre lo que parece y no es, entre la tarde y el despertar de mis secretos, de los recuerdos y de todo lo que me pone nuevamente frente a él.
Entre fantasía, mentira y realidad de impostores sentimientos, he allí yo, frágil como la existencia misma y terca como la muerte cuando llega. Desnuda, pálida y fría, creyente y desafiante... indigna, insolente y arrogante, le pido entre suspiros y súplicas escondidas, que me mire, que me toque, que me bese o que simplemente, en un acto de extrema bondad, me hable. Mientras tanto, en mi indecencia, permanece mi mente intensa, reviviendo lo que no fue, practicando una conversación que no se da y observando de reojo el espejismo donde él está.